Éste blog está creado para ayudar a todas las personas que estén pensando ó hayan decidido adoptar un niño(-a). En él contaremos nuestra experiencia completa de Adopción Internacional y esperamos contar con vuestras experiencias, noticias, Ecais...
sábado, 7 de noviembre de 2015
Los niños sin fotos.
«Hay gente maravillosa que no le importa que sea adoptada, ni china».
Miles de niños fueron adoptados por las familias españolas a finales de los noventa y primeros años del siglo XXI. Entonces una aventura que nadie sabía cómo iba a acabar, y sobre la apenas existían experiencias, mas que en Estados Unidos y Suecia. Los niños que junto a sus familias afrontaron este reto se han convertido hoy en adolescentes. Y encaran esta etapa de la vida como todos los demás chicos de su edad.
La Asociación para la Defensa y el Desarrollo de la Adolescencia y la Infancia (Addai) les ha dado voz en una jornada celebrada en Madrid, donde chicos adolescentes que han sido adoptados contaron sus vivencias y experiencias. ABC ha recogido dos testimonios de dos chicas que :
«Es una botella de gaseosa agitada en plena ebullición». Esta es la simpática definición que Carmen hace de su hija Beatriz, un niña adoptada de China que está a punto de cumplir los 17 años. A la familia llegó en 1999 con poco más de un año y tras un proceso que duraba entonces más bien poco: los nueve meses de un embarazo, pero tras una serie de pruebas de selección que a estos padres les hace entender su maternidad y paternidad de forma diferente. «A los padres biológicos nadie les hace un test, ni estudios, ni exámenes... para tener hijos», se queja en cierto modo Carmen.
Beatriz sufre ahora su adolescencia como cualquier niña de su edad, una época difícil en la que busca su propia identidad. Dice Carmen que hay días en que «nada le parece bien, que quiere pero luego ya no quiere...». Sin embargo, como a todo hijo, sus padres le prodigan un amor incondicional y se deshacen en halagos hacia ella. «Es inteligente, sensible, responsable... Tengo mucha suerte —dice Carmen—. Además, Beatriz no es una joven problemática».
"Doy gracias por la famlia que me ha tocado".
Beatriz
estudia 1º de Bachillerato
Internacional, canta en un coro, le apasiona el Arte (algo que le viene de su madre, como ella misma reconoce, es profesora de historia), le gusta el baile y viajar, comenzó a estudiar chino y lo quiere retomar, su color preferido es el azul... Y es
«muy feliz»,
afirma la joven. «Me considero afortunada —dice—, doy muchas gracias por la familia que me ha tocado. Me podía haber tocado unos padres menos cariñosos o que no me mimasen tanto.
Mis padres me cuidan muchísimo.
Quiero que sigan disfrutando de la vida conmigo, porque estando solo nadie es feliz».
Sin duda no es todo de color rosa, como ella misma reconoce. Ahora en la adolescencia, la relación con sus padres «tiene sus altibajos, pero en general nos llevamos muy bien. Aunque discutamos por tonterías, ellos son mis padres, quieren lo mejor para mí y son mi mejor apoyo».
Beatriz aún no ha decidido qué carrera estudiar, sin embargo sorprende que a su edad ya tenga maduradas cuestiones que determinarán el resto de su vida. «No me voy a rendir —insiste—, quiero conseguir que mi vocación sea a lo que me dedique toda mi vida, algo que me llene por dentro y por fuera». Y no descarta ninguna opción para su futuro, como asentarse el día de mañana en alguna ciudad extranjera.Nueva York y Londres parecen las candidatas.
Su origen chino le ha traido algún episodio incómodo en la vida. Pero esta joven no se amilana por ello. «Si no haces frente, nadie te va a defender, tienes que aprender a lanzarte. No voy a dejar que nadie me derribe porque soy china, tengo los ojos rasgados o el pelo negro —se defiende—. Siempre hay gente que quiere destrozar tus sueños, pero si les demuestras voluntad no pueden. También hay mucha gente maravillosa que no les importa que sea adoptada, ni china. Esas son las personas que me gustan».
"Con la adopción se forma una familia como cualquier otra"...
(Fuente: ABC) Artículo del 16 enero 2015.
Historia de una adopción.
Visto con perspectiva, llegué a la decisión de adoptar muy tarde. Y digo tarde porque antes me sometí a varios tratamientos de fecundación in vitro que machacaron mi cuerpo, mi espíritu y mi relación de pareja.
Además, estos tratamientos hicieron que el deseo de ser madre -un deseo que se despertó en mí tardíamente- se convirtiera en una obsesión.
Cuando te metes en la lógica de los tratamientos de fecundación te metes en la lógica del jugador compulsivo. Esta vez no ha tocado, pero ¿por qué no a la próxima? Y sigues apostando. Sólo que aquí no se trata sólo de dinero (que también), es mucho más lo que está en juego. Los médicos exhiben sus porcentajes para demostrarte que estás en manos de la ciencia, pero en realidad estás en manos del azar.
Voy a adoptar
Finalmente me planté. Ya digo, tarde, pero me planté. Y entonces empieza esta historia. Decides que vas a adoptar. Enseguida sabes que lo primero es obtener la “idoneidad”, un certificado que emite tu comunidad autónoma en el que te declaran “apto” para adoptar. Primero pasas por unos cursos de formación. Psicólogos y especialistas te hacen ver que adoptar no es un juego. Te explican que no se trata de defender tus derechos como adoptante sino los derechos del menor. Hablan de la “mochila” con la que llegan a una nueva familia los niños adoptados: una historia pasada de abandono, institucionalización o acogida que va a determinar su identidad. Piensas que está bien que hagan que te tomes en serio el asunto. Pero también ves cómo a veces se deslizan de la “formación” a la “presión”: por ejemplo, sobre las mujeres solas que desean adoptar.
Las cuestionan de tal manera que resultan disuasorios.Después, te entrevistan psicólogos y asistentes sociales. Te interrogan sobre tu historia familiar. Sobre tu relación de pareja. Sobre tu trabajo. Y claro, temes mostrar alguna fisura. Temes que ser hija de padres divorciados, o de exiliados políticos de Argentina, juegue en tu contra. Intentas dar una visión idílica de tu relación. O sea, construyes un relato pensando en lo que esperan de ti.
La asistente social visita tu domicilio y examina cómo vives, y cómo y dónde vas a instalar al niño o niña. Y piensas: está bien, deben garantizar que eres capaz de recibir a un menor y criarlo, pero... ¿es necesario este escrutinio fiscalizador?
Cuando por fin te conviertes en idóneo para la administración, viene la elección del país. ¿Dónde adoptar? ¿Nos planteamos una adopción transracial o no? ¿Averiguamos dónde hay más facilidades? En mi caso, una amiga que había adoptado en China nos habló muy bien de su experiencia. Pero aquí entran en juego las legislaciones de los distintos países. Y en China te exigían dos años de matrimonio. Llevo con mi pareja desde la adolescencia, pero no nos habíamos casado. Acabamos haciéndolo porque vimos que eso ampliaba nuestras posibilidades.
Intentando buscar algún lazo emocional que me ayudara en la elección del país, pensé en Ucrania. El lugar de origen de mis abuelos paternos, emigrados a la Argentina en los comienzos del pasado siglo. No es que mis abuelos me hubieran hablado mucho de Ucrania de niña: eran judíos y salieron huyendo, y su único nexo con el pasado era la lengua Yidish. Pero encontré ese vínculo irracional que andaba buscando.
Por supuesto, no es que elijas dónde vas a ir y ya está. No. Vienen entonces las exigencias del país en cuestión. Certificados de penales, informes sobre tu situación socioeconómica, informes médicos exhaustivos, pruebas que ni sabías que existían... Intentaba tomarme todo este proceso con calma. Mi pareja iba acumulando papeles y papeles. E intentábamos no desesperarnos con las esperas ni cuando un certificado caducaba porque el expediente no avanzaba y había que volver a empezar.
En España no hay ECAI para Ucrania. Ah, que no os lo he explicado. Las ECAI son agencias intermediarias entre los países de adopción y España. Visto lo que vino después, creo que si hubiéramos ido a un país con una ECAI hubiéramos estado algo más protegidos.
Tratábamos con una intermediaria ucraniana que nos había recomendado un conocido. La información que nos llegaba era escasa e incierta. Una tónica que no era más que un ligero anticipo de lo que nos íbamos a encontrar allí.
Por fin nuestro expediente se puso en marcha y salimos pitando para Kiev, en pleno mes de diciembre. Lo que siguió es lo que, ficcionado, relato en “La adopción”, la película que se estrena este 13 de noviembre: la inmersión en un mundo hostil, donde rige la opacidad y donde la corrupción lo impregna todo.
El proceso
Os cuento sólo el comienzo. Los adoptantes tienen opción a tres citas en el Centro Nacional de Adopciones de Kiev. En cada una te enseñan fichas de niños que viven en orfanatos de todos los rincones del país, fichas con muy escasa información. Pero suficiente para saber que en la primera cita sólo te ofrecen niños con enfermedades gravísimas. Quizá el Estado prueba a ver si suena la flauta y se libera de un niño que implica un gasto mucho mayor que el de un niño medianamente sano.
Nos habían advertido de esta primera cita. Pero una cosa es que te lo cuenten y otra verte ahí, mirando fotos borrosas de niños que vas rechazando, uno tras otro. Parálisis cerebral, minusvalías psíquicas y físicas gravísimas. Aunque sabes que si hubieras estado dispuesto a hacerte cargo de un niño enfermo podrías haber adoptado en España, no dejas de plantearte dónde están los límites. Qué estás dispuesto a aceptar y qué no. Y no dejas de sentirte fatal por plantearte estas preguntas.
Lo que ocurrió después, como tras el fracaso de la segunda cita nos enteramos (porque la desesperación de nuestra intermediaria y la necesidad de salvar su cara ante nosotros la llevó a hablar más de la cuenta) de la corrupción que anida en el corazón mismo de ese Centro Nacional de Adopciones que supuestamente vela por la seguridad de los menores de Ucrania, cómo funcionarios de ese centro “trapichean” con las fichas de los niños, cómo el grueso del dinero que pagas (unos 7000 euros en el año 2008) van a parar a manos de uno de esos funcionarios para que se haga con la ficha de un niño que no esté gravemente enfermo y la “reserve” para tu intermediaria... Y cómo confrontarnos con esa realidad empezó a crear conflictos entre nosotros (era inevitable que surgiera la disyuntiva de plantarse o seguir adelante)... Todo eso lo dejo para que lo veáis en la pantalla.
Dos recuerdos
De lo que viví allí, sin embargo, quiero dejaros un par de imágenes, que se han quedado grabadas en mi memoria de manera especialmente intensa. Una es la del primer encuentro con mi hijo. Una sala de juegos en un orfanato de una ciudad remota del este de Ucrania. Expectación, taquicardia. Un pasillo. Y de pronto, por el pasillo, un niño que asoma de la mano de una cuidadora. Viene dando pasitos, y la cuidadora murmura cosas que no entendemos, pero donde se distinguen las palabras papa-mama. El niño es pequeñito. Lleva un peto corto azul claro y una camisetita. Y sonríe. Una sonrisa dulce y triste. Como todos los niños de orfanato, lo que notas en él es casi una ausencia de expresión. Es como si no tuvieran cara, como si la falta de figuras de apego les hubiera impedido, hasta ese momento, empezar a ser alguien.
Mirando las fotos de las sucesivas visitas que fuimos haciendo al orfanato, se ve cómo la expresión de Sergio (Serguei era su nombre ucraniano) se va transformando. Aparece la curiosidad. Aparece la diversión del juego. Aparece la picardía. Aparece la risa. Aparece la pena cuando nos marchamos. Os podéis imaginar lo poco que se tarda en crear un vínculo en una situación así.
La otra imagen aún me encoge el alma. Un día cualquiera, voy a visitarle y entro en la habitación a recogerle. Allí, doce camitas, y otros tantos niños de la edad de Sergio, en torno a los dos años. Van en medias y camisetas, algunos juegan, otro miran una pantalla de TV.
Cojo a mi niño en brazos para llevarlo a la sala de juegos. Y entonces, todos los demás se arremolinan en torno a mí, tendiéndome sus brazos, buscando que les coja. Una niña llora, llena de mocos, y sólo dice “mamamamamama”. Salgo de la habitación conteniendo las lágrimas. La puerta tiene un cristal. Allí se quedan los niños apoyando sus manitas. No saben hablar, pero saben que los que son cogidos en brazos por estas presencias nuevas y extrañas se van de allí. ¿Qué será de todos estos niños? ¿Por qué la funcionaria del Centro de Adopciones de Kiev se empeñaba en decirnos que no hay niños menores de tres años adoptables en los orfanatos?
Sólo una cosa más, a modo de apunte final: lo mal que lo pasé allí no tiene nada que ver con la gratificante experiencia de maternidad que vivo con Sergio. La adopción no es una cuestión de solidaridad sino de deseo: el deseo de ser madre o padre. Pero aún ahora hay veces que miro a mi niño y recuerdo de dónde salió. Recuerdo ese orfanato en esa antigua ciudad industrial desmantelada al Este de Ucrania, casi en la frontera con Rusia. Esa ciudad ahora invadida por los tanques rusos. Y pienso: “qué suerte que te sacamos de allí”.
Daniela Fejerman es la directora de la película La adopción
(Fuente: www.serpadres.es)
El país de los huérfanos. (Artículo de Adriana Cooper).
Hay una historia que siempre hace que se me agüen los ojos. Corría el año 1945, la Alemania nazi había sido derrotada y las cenizas del holocausto cubrían literal y figuradamente los cielos de Europa. En ese entonces, un rabino llamado Eliécer Silver decidió ir a varios pueblos para encontrar a los niños judíos que estaban en orfanatos descuidados. Para poder reconocerlos y reclamarlos sin problema ante autoridades o cuidadores de paso, dijo en voz alta una oración que suelen recitar los padres judíos a sus hijos antes de dormir. Cuando eso ocurrió, niños de todas las edades comenzaron a llorar y a abrazarlo mientras llamaban a sus papás desaparecidos. La misma situación se repitió en diferentes pueblos y ciudades de Europa. Gracias al deseo de una persona, miles de niños pasaron el resto de sus días en una familia.
Quienes hemos conocido de cerca a varios huérfanos, conocemos la marca indeleble que deja la pérdida familiar durante la infancia. Y mucho más si ella ocurrió en condiciones violentas. Conozco a una mujer fuerte y mayor que cuando está en situación de peligro, llama a su papá, un hombre que fue asesinado entre las montañas de Antioquia cuando ella era niña. Quienes hemos sido profesores de niños abandonados o hemos visitado los albergues, vemos la dificultad que tienen muchos para recibir o expresar afecto. Vemos sus ojos tristes conmoverse con facilidad, escuchamos sus inseguridades, temores o la incapacidad de algunos para destacarse en el estudio o creer en ellos mismos.
Esta semana y con la decisión de la Corte Constitucional de permitir la adopción a parejas del mismo sexo, volvió a tratarse el tema de los huérfanos en Colombia. Según cifras del Instituto de Bienestar Familiar, alrededor de cinco mil niños esperan dejar los albergues y ser adoptados por una familia. A estos se suman los miles de menores que perdieron a uno de sus padres y abandonaron los estudios para trabajar o ser cabeza de hogar. Las cifras al respecto son confusas porque es un fenómeno que no ha sido estudiado o medido con total precisión. En el año 2009, la revista Semana publicó un informe titulado “País de Huérfanos” que reveló cifras al respecto e impactó tanto a Sergio Estrada, un profesor universitario de Medellín , quien después de leerlo presentó con sus alumnos una demanda contra el Código de Infancia y Adolescencia. Su acción provocó la histórica sentencia de la Corte Constitucional de esta semana.
Esta decisión de la Corte es una victoria. Y no debe ser la única acción al respecto en un país como el nuestro con tantos niños huérfanos dentro y fuera de los albergues. ¿Qué acción grande o pequeña puede hacer cada uno para mejorar la situación de los huérfanos? ¿Cómo lograr que el tema interese a más personas? ¿Qué hacer para que ese mismo interés que despiertan entre muchos los animales desprotegidos ocurra también con los niños? Y es que al final de cuentas, todos estamos y estaremos conectados. Los huérfanos infelices de hoy serán los empleados, jefes y habitantes de nuestras ciudades de mañana.
(Fuente: www.elcolombiano.com)
jueves, 5 de noviembre de 2015
Cuento de Navidad por Kafka.
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Daniela Fejerman no tenía hijos y tras, un largo calvario de estudios y tratamientos in vitro de los que ahora se arrepiente, decidió recurrir a la adopción internacional. Ahí empezó otro infierno, pero de éste no se arrepiente. Desde febrero de 2009, es madre de un delicioso niño ucraniano que hoy tiene ocho años. “Todo mereció la pena”, asegura. La directora ha volcado toda su experiencia, esa especie de fiscalización de tu vida y de duros exámenes para comprobar “si eres merecedor de ser padre y madre”, y esos trámites eternos y dolorosos que vivió durante tres meses en Ucrania en La adopción, primer filme español a concurso en la sección oficial de la Seminci.
Protagonizada por Nora Navas y Francesc Garrido, la película se adentra en la trama burocrática y corrupta, en medio de un paisaje desolador de frío y nieve, que se encuentran las parejas que quieren adoptar niños en ese país. Con elementos reales, pero con una progresión y una tensión cinematográfica de ficción, que se acerca en ocasiones al thriller, en La adopción no se identifica en concreto a qué país del Este de Europa se refiere, aunque el rodaje se llevó a cabo a lo largo de seis semanas en enero pasado en Lituania. “Nuestra experiencia personal, la mía y la de mi pareja, fue un infierno. Cuando estábamos allí me escribía por correo electrónico con mis amigos contándoles nuestras pesadillas. Era como estar en un cuento de Navidad narrado por Kafla. Era un mundo opaco, lleno de burocracia y corrupción. Una amiga me consoló diciéndome que con el tiempo lo vería con distancia y hasta podría escribir de ello”. Así fue. Y poco después, junto a Alejo Flah, comenzó a escribir el guion basándose principalmente en su historia personal pero también en la de otras parejas en la misma o similar situación. “Nuestra obsesión fue que lo que inventáramos estuviera en el mismo tono que la realidad. No podíamos ser peliculeros, ni salir del anclaje real que tiene la historia”, asegura la realizadora catalana.
Fejerman explica que la felicidad que siente hoy junto a su hijo no esconde –“muchos padres adoptivos tienden a olvidarse o a tapar los momentos más dolorosos de los trámites”- lo mal que lo pasó en aquellos tres meses de duro invierno en Ucrania. “Lo más revulsivo fue escribir el guion, porque después todo el trabajo con los actores y el rodaje me sentía un poco más alejada, era como un material de ficción”. Una de los puntos fundamentales del filme, además de ese retrato cruel de la burocracia, fue la relación de pareja entre los dos actores, Garrido y Navas. “Los dos se metieron en la historia con un compromiso total. Intentamos recorrer el camino de cada uno de los dos. Es una relación que se va descompensando. Ella empieza siendo como la débil, la que busca el soporte en él, para poco después ser él el que se hunde y ella se muestra dispuesta a seguir en solitario”, explica la realizadora.
En Lituania encontraron todas las puertas abiertas para esta historia, rodada en cuatro idiomas diferentes –castellano, catalán, inglés y ruso-. “Tenía claro que la complejidad lingüística refleja la complejidad real que se convierte en otro de los dramas de esa situación”. Realizada en coproducción, hubo una mezcla de equipos lituanos y españoles. De los actores rusos que aparece en el filme, la que interpreta a la intermediaria de la adopción, una mezcla de madre, de aprovechada pero en el fondo una superviviente, y a la estricta funcionaria y psicóloga, Larisa Kalpokaité y Arünas Puidokas, está más que satisfecha la realizadora. “Luego, me he enterado que son consolidados actores de teatro en su país”. Al igual que de la elección del niño, que encontró en un jardín de infancia en Lituania, y que tenía el mismo tono en el rostro que dice Fejerman que tienen los niños de los orfanatos en Ucrania. “Son niños como sin expresión. Nunca les han cogido, ni abrazado, ni sonreído. No tienen tono muscular. No saben apretar la mano”. Y aunque el chico de la película tiene padre y madre, a Fejerman le recordó a su hijo cuando le conoció, en las Navidades de hace ya ocho años.
Hoy esta directora, nacida en Argentina en 1964 y afincada en Madrid, lamenta las dificultades y las restricciones que existen cuando hay tantos niños sin familia y tantos padres con deseos de adoptar. “Mi intención no ha sido tanto denunciar sino mostrar una realidad”.
(Fuente: www.cultura.elpais.com)
martes, 3 de noviembre de 2015
Familias de acogida en España: una nueva vida, sin "miedos", para padres e hijos.
- La mayoría de los menores en desamparo en España —unos 22.000— no crece hoy en una familia de acogida, sino en un centro de la Administración.
- "Tenemos los centros llenos de niños mientras hay padres en lista de espera para una adopción en China, Etiopía o Rusia", explica un padre de acogida.
- Las familias, que celebrarán un Congreso este mes en Madrid, quieren acabar con el desconocimiento de esta figura de protección, distinta a la adopción.
Los padres e hijos que han pasado por un proceso de acogida saben que son distintos. Sin embargo, ellos se sienten como el resto de las familias, y así se lo cuentan a los demás. Esta figura de protección es una gran desconocida en nuestro país, en el que solo entre el 15% y el 20% de los 22.000 menores en situación de desamparo crece hoy en un nuevo hogar, según datos de la Asociación de acogedores de menores de la Comunidad de Madrid (Adamcam). "Es la paradoja de España, tenemos los centros llenos de niños mientras hay padres en lista de espera para una adopción en China, Etiopía o Rusia", explica Jacinto Marqués.
Este vecino de Camporrélls (Huesca) dio un paso adelante en 2003 y se ofreció como padre de acogida. Lo hizo solo y tras pasar años colaborando con distintas organizaciones —MSF, Fundación Vicente Ferrer— en países como Mozambique, India o Nicaragua. Superada la fase de valoración de idoneidad, llegó Aleix, que hoy tiene 23 años y sigue viviendo con él a pesar de su mayoría de edad, ya que Jacinto se ha convertido en su tutor legal: además de provenir de una familia rota —su madre lo tuvo con 13 años—, Aleix tiene una discapacidad intelectual leve, aunque "es autónomo". Vivir juntos fue "un gran cambio" para los dos.
Aleix trabaja en el horno de pan de la Fundació Crisàlida, que Jacinto fundó hace seis años en su pueblo con el objetivo de dar cobertura y promover el desarrollo de personas con discapacidad intelectual, entre ellos la hija de su propia hermana. En este tiempo, no obstante, padre e hijo de acogida no han estado solos. Jacinto ha llegado a hacerse cargo de hasta cinco menores a la vez. Fue solo durante unos dos años, "pero cuatro hemos sido mucho tiempo", revela. El más joven de todos ellos cumplió los 18 hace un mes, y por eso Jacinto está viviendo ahora sus primeros días en un década sin ser padre de acogida.
Para Jacinto, que "nunca" pensó en un vuelco personal de este calibre, la acogida es "un acto de dedicación y de servicio". "Quiero intentar devolverle a la vida lo que la vida me ha regalado, pero no a distancia, en mi casa y con mis manos", apunta. En estos momentos es tutor de tres de los chavales, a los que ha querido dar "una alternativa". Aleix, cuenta, siempre fue consciente "a su manera" de su situación —"Cuando la Administración decide retirar la custodia a una familia quiere decir que como mínimo esa familia es un pequeño infierno"—. Hoy Aleix llama a Jacinto por su nombre de pila, aunque cuando habla con terceros dice "mi padre".
Antes de ser acogidos, los menores desamparados pasan por centros. Y a veces su estancia se alarga demasiado. Patricia estuvo en uno, en Madrid, desde los seis hasta los nueve años. La llevaron sus dos hermanos mayores en vista de que la situación en casa se complicaba por momentos y para que, al menos, pudiera "ir al colegio, tener ropa y comida todos los días". Sus padres biológicos, explica, "no sabían ni que existía". En clase se hizo amiga de un niño que terminó siendo su nuevo hermano. Cuando llegó el momento de salir del centro en acogida la familia de su compañero se ofreció. Al principio "les dijeron que no", relata, pero "tuvieron en cuenta el interés superior del niño" y dejaron a un lado lo demás. Patricia tiene 19 años y sigue viviendo con ellos.
"Hasta que encuentre trabajo, como cualquier hijo", dice. La joven estudia una FP superior en Educación Infantil e incide varias veces en la importancia de sentirse querido, de tener una persona de referencia, del "crecimiento como persona". Admite que los dos primeros años fueron difíciles. "No tenía ni idea de cómo se comportaba una hermana, no sabía qué era un abrazo", recuerda. Para su adaptación fueron fundamentales el apoyo de sus padres, la total disposición del resto de la familia —tíos, abuelos— y la terapia psicológica, que uno de sus profesores y sus nuevos padres se movieron para conseguir, ya que al menos en la Comunidad de Madrid "hay que pedirla".
El acogimiento de Patricia fue especial, "por la edad que tenía y porque ya había tenido vivencias", pero desde el primer momento fue un acogimiento permanente. Mantiene "poco" contacto con su familia biológica, con un tío y uno de sus hermanos. "No es fácil", añade. Haber sido acogida en una familia, concluye, es "lo mejor" que le ha pasado.
Una de las novedades que incluye la nueva legislación de infancia, que entró en vigor este verano, es la "adopción abierta", es decir, la posibilidad de que la familia de acogida acabe adoptando al menor, pero "sin romper lazos" con la familia biológica. Algunos acogimientos pueden acabar en adopción, pero otros se quedan en permanentes. Y, al igual que con Patricia o Aleix, la convivencia puede incluso alargarse al quedarse los hijos con los padres tras la mayoría de edad. Por eso, María Arauz, vicepresidenta de Adamcam —la presidenta es la madre de acogida de Patricia—, llama a acabar con los "miedos" sobre la acogida, por ejemplo, el de que "te quiten" al menor. En el caso de las acogidas temporales, recuerda, las familias ya saben que serán así con anterioridad.
El II Congreso del Interés Superior del Niño, que se celebrará los días 19 y 20 de noviembre en Madrid y que ella coordina, será un paso más. Lo organiza junto a la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar (ASEAF). Arauz es consciente de que el tema "suscita interés", pero subraya el "desconocimiento" existente, además de un sistema dividido en 17 partes, ya que las comunidades tienen las competencias en la materia. Los años de crisis no han ayudado tampoco a dar un empujón a las cifras de acogimiento en familias. La nueva legislación, dice Arauz, desjudicializa el acogimiento y prioriza el interés del menor.
(Fuente: 20 Minutos)
Alrededor de 22.000 niños y adolescentes viven en España en riesgo de abandono.
Existen casos de niños que han sido abandonados o que sus familias biológicas por problemas y/o patologías como las adicciones no pueden hacerse cargo de ellos. Es entonces cuando ingresan en centros residenciales a la espera de que algo cambie, que vuelva su familia o que sean derivados a una de acogida. Sin embargo, la situación se cronifica. "La Administración toma las mismas cautelas que con una adopción, hay que superar un proceso y que te den la idoneidad como familia acogedora. En una adopción, las familias tardan siete o diez años hasta que les dan un niño. En acogimiento son los niños los que esperan y saben que cada año es un año menos de oportunidad, porque los mayores ya no salen de los centros", explica Arauz.
Ocurre, según afirma, porque "la acogida familiar es el gran desconocido, la gente sabe lo que es la adopción pero no el acogimiento" y porque "a las familias les da miedo", miedo a la "mochila" emocional que pueda llevar el niño, si ya no es un bebé, y miedo a que al final, la familia biológica lo acabe recuperando. La cuestión es que mientras tanto, hay "niños y chavales" que "en la época más complicada de su vida necesitan apego, cariño y una persona de referencia, alguien que se preocupe por él" y eso, asegura, está en una familia.
"La gente no acoge porque tiene miedo de que le quiten al niño, pero eso no suele ocurrir. Están las acogidas temporales, que tienen un principio y un fin y la gente se presta a ello sabiéndolo. Hay otras que tienen vocación de permanencia", dice Arauz, para insistir en que éstas son las más frecuentes.
A Patricia Moyá le dijeron que sería temporal. Se lo dijeron sus hermanos cuando a los seis años la dejaron en el centro de menores y se lo repitieron cuando a los 9, fue a vivir con la familia de una compañera de colegio, con la que hoy, de adulta, sigue residiendo. "Me dijeron que yo iba a estar con esta familia hasta que mi madre se pusiera buena y la verdad es que nunca lo ha hecho", explica. Cuenta su vida en tres etapas, una primera con sus parientes biológicos, sin costumbre de ir al colegio todos los días, la segunda en el centro, donde compartía vida con otra docena de niños, como si fuese una más en "una clase pequeñita", y la tercera con su familia, en la que fue encontrando su "sitio".
"Es cuando llegas a una familia cuando te das cuenta de que necesitas cariño. Te revisan los deberes, aprendes, miran por lo que te gusta y por lo que no, por ejemplo con la ropa, vas creciendo (...) Yo no sabía cómo abrazar o cómo dar un beso, así que la relación de cariño fue un poco fría al principio", explica. Con apoyo de sus padres de acogida, sus profesores y la terapia psicológica, se integró como una más. Dice que no hubiese preferido saber que la acogida sería definitiva porque guardaba "la esperanza" de que sus hermanos o su madre biológica fueran a volver.
DESPLEGAR LA LEY
Con la Ley de Infancia que entró en vigor el pasado mes de agosto se prioriza la acogida familiar para los menores de seis años y se desjudicializa el proceso de modo que sea la administración la que decida dónde aloja al menor sin que el recurso de los padres biológicos le condene a permanecer en un centro, como viene ocurriendo. Si en dos años, éstos no han tratado de revocar la declaración de desamparo, la acogida será permanente o se convertirá en adopción.
María Arauz destaca el asunto de los plazos, porque "por primera vez prima el derecho del menor a hacer su vida" por encima del derecho de los padres biológicos y de otros interesados como las propias administraciones públicas, pero incide en que debe desplegarse, porque "hay mucho por hacer". La experta añade un ejemplo: "En España hay muchísimos centros de menores abiertos, eso es mucho personal trabajando y habrá que abordar eso. Habrá que reconvertir a ese personal para la acogida o lo que sea", plantea.
El Congreso, que se celebrará en la sede del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad los días 19 y 20 de noviembre, abordará éstas y otras cuestiones relativas al sistema de acogida familiar de la mano de representantes de distintas administraciones autonómicas y estatales, expertos, familias y jóvenes que han pasado por esta experiencia.
